Te busqué entre las páginas de mil libros, en los versos ajenos, en las historias que otros escribieron con la esperanza de encontrarte en algún rincón de sus palabras.
Y al no hallarte, Laila, no tuve más remedio que escribirte, para que al menos en el papel fueras eterna.
Te escribí con la nostalgia de quien recuerda lo que aún no ha vivido, con la certeza de que algunos amores no necesitan tiempo para existir, porque están sembrados en la memoria del alma.
Te di un lugar en el papel para que el olvido no te reclamara, para que el destino entendiera que había alguien en este mundo dispuesto a guardar tu nombre en cada página, en cada línea, en cada suspiro.
Pero la vida, caprichosa como siempre, nos convirtió en un laberinto sin salida, en una historia sin desenlace. Y aunque los caminos se doblen y la distancia intente borrar lo que fuimos, hay hilos que ni el tiempo puede romper.
Sigues ahí, entre letras que jamás se desvanecerán, en un libro que, aunque se cierre, siempre esperará ser leído de nuevo.
Si esta vida no nos alcanza para estar juntos, entonces te buscaré en la próxima.